
El gusano era negro y azul. Atrajo fuerte hacia sí a Brauber, que luchó con todas las fuerzas que le quedaban para no precipitarse dentro de aquella oscuridad provista de vida propia.
Ni hablar de eso.
La batalla contra el gusano se prolongó a lo largo de dieciséis interminables horas; a cada segundo su existencia se le asemejaba a un suplicio no merecido; a cada minuto los músculos se le agarrotaban más y más…; a cada hora le vencía la idea de que no podría resistirlo, de que aquella atracción era enfermiza.
Dejaron de parecerle insólitas imágenes que, de haberlas visto en otra ocasión, le hubieran dejado atónito: Brauber contempló como una esbelta y joven estrella fugaz era engullida sin más explicación. Podía recordar su rostro compungido y asustado, y no era capaz de sacarse de encima la desazón que le provocaba el que la estrella no hubiera luchado, no hubiera tratado de echar el freno ante su trágico final.
Apenado y agotado, no desviaba un pensamiento: quizá él mismo debería dejarse llevar, permitirse un segundo de descanso, no definitivo, no… Un descanso que le conduciría hacia las profundidades, que le mimaría y mecería, arropado por el susurro incesante del Universo.
De pronto, una nebulosa se le dibujó ante los propios ojos. Justo cayó desmayado en aquella masa de materia cósmica celeste en una última centésima de segundo de valor… Difusa y luminosa, bella e inabarcable, la nebulosa acogió al exhausto Brauber y lo alejó del gusano.
Ni hablar de eso.
La batalla contra el gusano se prolongó a lo largo de dieciséis interminables horas; a cada segundo su existencia se le asemejaba a un suplicio no merecido; a cada minuto los músculos se le agarrotaban más y más…; a cada hora le vencía la idea de que no podría resistirlo, de que aquella atracción era enfermiza.
Dejaron de parecerle insólitas imágenes que, de haberlas visto en otra ocasión, le hubieran dejado atónito: Brauber contempló como una esbelta y joven estrella fugaz era engullida sin más explicación. Podía recordar su rostro compungido y asustado, y no era capaz de sacarse de encima la desazón que le provocaba el que la estrella no hubiera luchado, no hubiera tratado de echar el freno ante su trágico final.
Apenado y agotado, no desviaba un pensamiento: quizá él mismo debería dejarse llevar, permitirse un segundo de descanso, no definitivo, no… Un descanso que le conduciría hacia las profundidades, que le mimaría y mecería, arropado por el susurro incesante del Universo.
De pronto, una nebulosa se le dibujó ante los propios ojos. Justo cayó desmayado en aquella masa de materia cósmica celeste en una última centésima de segundo de valor… Difusa y luminosa, bella e inabarcable, la nebulosa acogió al exhausto Brauber y lo alejó del gusano.
